lunes, 23 de mayo de 2011

EL REVISIONISMO HOY: Por Francisco José Pestanha

.. Que no te cuenten los libros lo que está pasando afuera…

Joan Manuel Serrat.


Consideraciones preliminares

A modo de aclaración debo manifestar que si bien desarrollo cierta actividad académica en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires en el área vinculada al Derecho a la Información, mi preocupación e interés por el acontecer histórico de nuestro país se vincula simplemente a cierta inquietud espiritual y al profundo amor que siento por mi terruño. Hago esta advertencia plenamente consciente que algunas de las observaciones que voy a verter a continuación inducirán seguramente a la polémica, más aun cuando el presente -según me han manifestado- será incluido en una publicación de la Facultad de Filosofía y Letras, en cuyo seno se alberga una parte destacada de los historiadores del país.

No obstante ello, he aceptado el desafío, ya que la polémica constituye un verdadero un antiguo arte que en materia discursiva presupone una lucha por espacios y jerarquías, y que se manifiesta como una suerte de guerra retórica donde los contrincantes según E. Lois, “… son llamados a encontrarse y a enfrentarse, ya sea de manera conflictiva (por la guerra o la competición) o bien de manera contractual (por la negociación y el intercambio).” Don Arturo Jauretche fue en su época plenamente consciente de la virtuosidad del ejercicio de este arte en nuestro contexto. El Linqueño se autocatalogaba como polemista, ya que conocía los efectos que dicha práctica generaba en las percepciones de nuestros paisanos y, de tal forma, recurrió en innumerables ocasiones a la polémica con la sana intención de contribuir, desde su particular óptica, a demoler ciertas estructuras simbólicas erigidas a partir de la constante tendencia a la imitación que caracterizó -y aun caracteriza- a nuestras “clases ilustradas”. La recurrencia a “lo polémico” tenía para Jauretche un objetivo principal: el de estimular pasiones para despabilar conciencias y orientarlas hacia el desarrollo de un sentido común.

No cabe entonces sino recibir con profundo beneplácito la iniciativa impulsada por las autoridades de la Facultad de Filosofía y Letras, a través de su “Centro Cultural Francisco “Paco” Urondo”, consistente en la realización del Encuentro “El revisionismo hoy”, llevado a cabo en el mes de noviembre del año pasado. Dicho encuentro nos invitó a reflexionar una vez mas sobre esta corriente revisionista que, aunque marginada e ignorada todavía por ciertos sectores “académicos”, sigue produciendo innumerable cantidad de textos y escritos desperdigados por toda la geografía del país.

Basta para sustentar tal afirmación, señalar el fenómeno de multiplicación exponencial de este tipo de ensayos en la red y, además, la proliferación de las obras de sus exponentes: Norberto Galasso, Jorge Sulé, “Pacho” O Donnell, Ernesto Goldar, Horacio Maceyra, Delia Maria García, Ernesto Adolfo Ríos, Pablo José Hernández entre tantos otros. Este dato de la realidad debe ser necesariamente observado y abordado por la Universidad; el acontecimiento de noviembre, por tanto, fue esencialmente un hecho científico.

Expuestas tales aclaraciones, considero necesario hacer breve referencia a mi percepción sobre el fenómeno histórico. Considero, aunque resulte una obviedad, que la historia no solo resulta narración y exposición de los acontecimientos del pasado a partir de esa seductora labor que suelen desarrollar historiadores profesionales o simples aficionados. La historia es esencialmente una relación entre sucesos y procesos públicos que acontecen en los pueblos y que se entremezclan con hechos o manifestaciones de la actividad de los seres que los componen. La historia es entonces un fenómeno eminentemente social, que da cuenta del devenir de una comunidad determinada, es decir, de un propio desarrollo evolutivo que mientras cobra vital significación en el presente, contribuye a cimentar el futuro.

En el proceso histórico suelen entremezclarse acontecimientos plácidos y constructivos con otros traumáticos y disgregantes. Tal como enseña el maestro Juan Francisco Cirigliano: “Toda la historia es nuestra historia. Todo el pasado es nuestro pasado. Aunque a veces preferimos quedarnos con sólo una parte de ese pasado, seleccionando ingenua o engañosamente una época, una línea, unos personajes, y queriendo eludir tiempos, ignorar hechos y omitir actuaciones”.

El conjunto de los acontecimientos que componen el universo de lo pretérito suele abordarse desde el presente y expresarse a partir de un relato que aspira a transmitirse mediante la simple tradición oral o escrita, o a través de las instituciones y de los ciclos educativos. La transmisión de dicho relato -entre otras funciones– tiene como objetivo rememorar un pasado común que forma parte de la identidad colectiva, además del de contribuir a procesar y elaborar esa experiencia colectiva en función del desarrollo del futuro.

La labor de los historiadores -ciencia y método históricos mediante- es la de hurgar lo más profunda y honestamente posible en dichos acontecimientos, para luego volcarlos en un relato que debe anhelar el mayor sustento en la realidad observada y la mayor posible en los procesos verdaderamente significativos. Todo ello sin dejar de observar que la objetividad absoluta resulta un imposible, ya que los seres humanos somos, en cierto sentido, prisioneros de nuestra propia subjetividad. La producción historiográfica nunca es aséptica, y aunque una de las funciones principales de las academias sea la de lograr la máxima asimilación entre relato y verdad, ciertos preceptos, presupuestos, y por que no prejuicios, nutren al historiador y determinan su obra, mas aún cuando ella se encuentra contenida en un proceso político convulsivo y/o antagónico.

El revisionismo Histórico

Aunque el “revisionismo histórico” como corriente de la historiografía comenzó a germinar en nuestro país a principios del siglo pasado, su existencia presupone raíces mucho más profundas. Es de mi opinión, además, que surgió como nítida reacción ante ciertas omisiones y alteraciones contenidas en el relato oficial impulsado por el mitrismo..

Bartolomé Mitre fue ante todo un estadista, y como tal, entre otras tantas acciones que impulsó desde el poder, dedicó ingentes esfuerzos a estructurar un relato histórico funcional al proyecto de país que diseñó junto con otros integrantes de la generación vencedora de Caseros y Pavón. Mitre tenía plena convicción de la importancia que posee el mito histórico en la formación de las conciencias, sobre todo en los ciclos escolarizados. Sabía que debía operar en tal sentido, y no dudó en recurrir a sutiles artimañas para lograr su cometido.

Su estrategia fue coherente y consistente. Para eliminar definitivamente ladisvaliosa estirpe criolla (esa despreciada dimensión “facúndica” tan vinculada a la barbarie prehispánica y a la decadencia hispánica) no cabían medias tintas. A tales efectos, recurrió a la supresión de muchos eventos históricos y sociológicos trascendentes, a la exaltación de otros no tan trascendentes, a la adulteración de otros tantos, y la construcción de una cadena sucesiva de próceres que resultaran funcionales al ideario de aquellas “razas superiores” que, según la inteligencia culta del puerto, integrarían una nueva Argentina como prolongación de la Europa Civilizada. La “historia” de Mitre es una historia protagonizada por individuos, no por comunidades; es una historia de episodios, no de procesos. La historia de Mitre además, al decir de Methol Ferre, constituyó un relato que se “…completó con la concepción estratosférica del país en cuanto se excluyeron las causales internacionales de los hechos propios o inversamente se excluyeron los hechos propios de las causales internacionales..)”

Mitre se concentró especialmente en la etapa posterior a mayo de 1810, trazando así una línea que algunos revisionistas denominarán Mayo-Caseros. Me refiero al período de la lucha entre la “civilización y la barbarie”, y en la que sus verdaderos protagonistas, los caudillos federales (bárbaros) aferrados a la tierra y a sus tradiciones, debían ser suplantados por doctores portuarios (civilizados) iluminados y comprometidos con el ideario liberal del progreso indefinido. Todo evento o actor que se opusiera a este cometido era disfuncional para un proyecto de repoblamiento, que como todo proyecto al fin, requería de sus antagonistas.

El revisionismo histórico, como sostuve precedentemente, tuvo un origen reactivo y a la vez disociado. Las primeras obras revisionistas surgieron de impulsos individuales, es decir, no encontraron encuadramiento en corriente ninguna, ni existía entre los autores vinculación orgánica. Téngase presente que la obra de Saldías, señalada por algunos autores como pionera en la materia, surgió del mismísimo riñón de Mitre.

Pero más allá de tal circunstancia, no cabe duda que el cuestionamiento respecto a la historia oficial vino no solamente a desentrañar esa dicotomía entre realidad y relato que muchos paisanos venían corroborando casi intuitivamente, sino a cumplir con una función medular para la adecuada comprensión de nuestro pasado: la función de revelar ciertos aspectos históricos y sociológicos altamente significativos ocultos o adulterados deliberadamente por la estrategia y por la tradición mitrista.

¿ grietas en la estrategia mitrista?

¿Algo falló en la estrategia mitrista? ¿Cuales fueron las razones que determinaron el surgimiento y la vigencia de una corriente crítica que, con mayor o menor vehemencia y rigor metodológico, cuestionó y aún cuestiona un relato histórico que alguna vez se creyó inmutable e inquebrantable?.

Considero que la estrategia mitrista entró en crisis por un cúmulo de razones, algunas de las cuales enumeraré a continuación, dejando expresamente sentado que tal enumeración no resulta taxativa:

I) La supervivencia de un componente étnico y cultural prehispánico que, aunque diezmado por la política de conquista del territorio, logró preservar parcialmente sus rasgos, y que con el transcurso del tiempo, comenzó con mayor potencia a participar e integrarse activamente en la vida nacional, y además, reivindicar de su acervo.

II) La supervivencia innegable del emergente racial-cultural generado a partir del encuentro entre el español y el aborigen: el mestizo. En tal sentido, debe tenerse en cuenta una diferencia esencial entre el proceso de conquista de la América del Norte por los anglo-sajones y la del Sur por los íberos: la inexistencia (en la segunda) de un tabú sexual, y por ende la irrupción del mestizaje como dato sociológico altamente relevante.

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III) La importancia estructural y estructurante de tradición hispánica y cristiana en la conformación de valores en la comunidad iberoamericana.

IV) La composición de base multígena de la comunidad iberoamericana.

Estos, entre otros factores, contribuyeron lenta pero inexorablemente a desguarnecer la destreza mitrista.Mitre y los suyos erigieron su victoria relativa sobre la base de la represión física y simbólica. No cabe duda que tras el triunfo, lograron consolidar una superestructura cultural nada despreciable y, dentro de ella, imponer un relato histórico funcional a un proyecto de país que implicaba el re-poblamiento inducido y selectivo de nuestro territorio preferentemente con las “razas viriles” (al decir de Alberdi) del norte de Europa.

Pero pervivencia física y simbólica de lo preexistente, tarde o temprano, iban a reclamar su lugar en la historia. La historia misma enseña que toda política represiva que no obtiene una victoria absoluta tarde o temprano comienza a presentar fallas y grietas; el proyecto de Mitre, admitió demasiadas grietas en su derrotero, y señaló los primeros indicios de su propia descomposición.

Debemos tener cabal conciencia que la premisa alberdiana “gobernar es poblar” implicaba el repoblamiento compulsivo del país, hecho que se materializó a partir de dos aluviones inmigratorios a fines del siglo XIX y principios del XX.

Como es de imaginarse, tamaña incorporación de inmigrantes provenientes preferentemente de Europa, comenzó a generar en la comunidad local una inestabilidad no prevista ni deseada por una oligarquía acostumbrada a obrar como patrones de estancia. La experiencia indica que para que una política aluvional en materia inmigratoria sea eficaz debe presuponer, por una parte, la existencia de instrumentos políticos y jurídicos aptos para contenerla y encauzarla (y en ese sentido, los concebidos por la intelligentzialocal resultaron cuanto menos inconsistentes) y, por la otra, una actitud de grandeza y de sentido estratégico nuestra oligarquía no poseía.

Resulta clave para comprender este tópico la cuestión de la distribución de la tierra.

Gran parte de los inmigrantes que llegaron a estos lares expulsados de una Europa sumergida en la miserabilidad, arribaron aquí con esperanzas de progreso y además con ilusión de encontrar un terruño donde asentarse (sed de tierra). La oligarquía local al ejecutar su política inmigratoria, perseguían otro objetivo: conseguir mano de obra calificada para reemplazar al bárbaro y al vago, pero sin la mínima intención de ceder ni un ápice en sus intereses latifundistas.

En dicho contexto (es decir, en el de una avalancha inmigratoria con esperanzas insatisfechas y con “sed de tierra”, y de una oligarquía que la promovió simplemente para satisfacer sus intereses sectoriales) comenzó casi inmediatamente un proceso de micro-convulsiones que empezaron a cobrar cada vez mayor trascendencia.

Por un instante imaginémonos a aquella Argentina de fin de siglo XIX y principios del XX, invadida por millares de grupos familiares deseosos de progreso económico y con su bagaje de pautas culturales y de ideas, que llegaba a un país que les “garantizaba” todo tipo de libertades, pero que a la vez ya contaba con una población estable que se había consolidado durante siglos.

Resulta entonces lógico y comprensible que las primeras reacciones ante esta “amenaza” cosmopolita surgieran de aquellos sectores que, aún sin pertenecer a los estamentos oligárquicos, habían adquirido cierto protagonismo en la vida nacional, y que además se encontraban aferrados a ciertas tradiciones. Para gran parte de estos sectores, sobre todo los que se asentaban en las provincias, la base constitutiva de los valores nacionales estaban vinculados a la tradición hispano-católica, aunque ciertamenteaggiornados por la experiencia americana. Surgió entonces de esta forma el temor a la transculturación y a la pérdida de identidad, y porque no, a la pérdida del protagonismo social, político y económico.

Un proceso similar pero de diferente origen, venía incubándose en el país a consecuencia del proyecto oligárquico vinculado a la conquista del desierto. Esta vez se trataba de aquellos excluidos del proyecto de los `80 que habían encontrado refugio más allá de la frontera: el indio y el gaucho, la “barbarie” según la tradición sarmientina. Descartados, masacrados y olvidados aun pervivían, y se acomodaron transitoriamente a su nuevo status. La obra de Hernández fue su testimonio en términos de verdadera épica.

Desde ambas realidades, aunque lógicamente desde intereses contrapuestos, surgió la necesidad de fortalecer lo propio. Para los unos, a través de la dimensión cultural hispano-católica, y para los otros, desde la vindicación de la estirpe criolla con componente originarios. Ante un mito histórico que planteaba el triunfo de una concepción liberal portuaria con impulso cosmopolita, la esencia y reacción del interior aparecía como razonable y necesaria, y de allí, la reaparición de Rosas y de los Caudillos Federales, de la Argentina “Facúndica” al decir de Taborda.

Podría tomarse por cierto que aquel primer revisionismo aparece como el producto de una élite que se sentía cuestionada y temerosa de perder su legitimidad, y que la figura de Rosas se erigía como un emergente funcional para ratificar su identidad y su posición social. Pero en forma paralela, aunque no desarticulada del todo, aparecía también el emergente criollo, tal vez mas soslayado, pero no menos fecundo.

Fue posteriormente, en épocas del forjismo y coincidente además con un inédito proceso de migración interna, donde ambas corrientes en principio divergentes comenzaron un proceso de síntesis, que se complementó además con cierto acervo cultural inmigratorio. La razón de tal integración se debió, entre otros sucesos, a una circunstancia pocas veces tratada: la yuxtaposición de los excluidos. Los extranjeros por millares, privados del acceso a la tierra por la avaricia oligárquica y asentados en las orillas de la “civilización”, comenzaron a confluir en vida y experiencia con los peones expulsados de las haciendas por la crisis del modelo agro exportador del año 30. Ese intercambio fue esencial. Los inmigrantes aportaron su conocimiento en materia de trabajo industrial, su cultura y sobre todo su acervo ideológico; los criollos, por su parte, compartieron sus conocimientos en materia rural, su arraigo, su cultura y su sentido tradicional. Tal mixtura, tal sincretismo, sumado a los aportes provenientes del nacionalismo de élite, dio origen a una nueva cosmovisión de lo nacional tan magistralmente acogida, entre otros, por Scalabrini Ortiz en su visión multígena de la comunidad nacional.

Pero los acontecimientos descriptos precedentemente, que dieron lugar a la incorporación de lo popular a lo nacional, no pueden ni deben empañar la obra de un primer revisionismo que sin lugar a dudas contribuyó no sólo a develar infinidad de aspectos de la historia oculta o sumergida por la represión Mitrista, sino también a revalorizar algunos componentes culturales y simbólicos aportados por el mundo ibérico y además a determinar la verdadera situación geopolítica de la Argentina. De allí la importancia de obras como la de Gálvez, Quesada, Castellani, Doll, Irazusta y tantos otros, más allá de los intereses que los hayan impulsado, de la clase a la que hayan pertenecido, y aún de la posición ideológica que hubieran sustentado. Tampoco puede soslayarse los aportes que provinieron de la Izquierda Nacional con luminarias como Ugarte, Ramos y Spilimbergo.

En esta línea de razonamiento creo entender que quienes se interesan profesionalmente por la historia local no pueden continuar a ignorando los aportes que aun hoy realiza un revisionismo, que como otrora, recurre al ámbito extra académico para desarrollarse. Tampoco puede incurrirse en el pecado de autodenominados y publicitados “neo revisionistas”, que consiste en abordar el pretérito desde categorías vigentes en el presente. Tentar un ejercicio retrospectivo del pasado a partir de conceptos como “lo democrático” o “lo popular”, o incluso “lo institucional”, tal como los concebimos en la actualidad puede inducirnos a cometer errores imperdonables, ya estos, entre tantos conceptos, adquieren sentidos específicos en épocas diferentes. ¿Quién resultaba más popular o democrático, San Martín o Rosas? ¿Puede sostenerse sin temor a equívoco que las montoneras eran milicias sustentadas en un ideario más democrático y popular que las milicias Rosistas, (los colorados del monte)?. Y si así lo fueron, ¿cuáles de las dos resultaban más eficaces para consolidar la unidad territorial y conceptual que requería un país desgarrado en la anarquía? ¿Puede hablarse realmente de alguna milicia democrática o popular en aquella época tal como las concebimos en la actualidad? (Reitero mi carácter de lego en la materia, pero permítanme resguardarme en el beneficio de la duda respecto a esta práctica hoy desgraciadamente mediatizada)

Cuando se aborda el pasado debe efectuarse el ingente esfuerzo debe ubicarse e inmiscuirse en la época, en las ideas vigentes, en los intereses en pugna, en las necesidades geopolíticas, en los sentimientos religiosos y/o espirituales, en la geografía, en el clima, etc., pero siempre desde una posición de honestidad de respeto y sobre todo desde una autoconciencia de la subjetividad.

La dimensión funcional del revisionismoAunque reconozco que dentro del revisionismo histórico existen posiciones encontradas creo encontrar en todas ellas algunos puntos de encuentro: su origen, su carácter y su sentido funcional. Futuros encuentros en los que necesariamente habrá que incluir los ancestrales aportes de los primeros habitantes de la tierra a esta corriente, podrán afirmar o demoler esta postura.

Como intuitivamente no creo en los estancos, creo en los procesos, no creo en las divergencias infinitas, creo en las disociaciones y en las asociaciones, creo firmemente en que los pueblos van transitando su propio desarrollo evolutivo y a partir de ello desplegando un sentido común que contribuye a elaborar y superar traumas colectivos, además de formular categorías propias de análisis. La funcionalidad del revisionismo no fue otra que la de elaborar el trauma generado por las élites portuarias e iluminadas: el trauma de la negación, del olvido, de la marginación.

Breve conclusión

Nuestra historia, como la de cualquier comunidad, se encuentra plagada de contradicciones y defecciones, y entre tantas, las de aquellos que eligieron el camino de la interpretación revisionista. Irazusta, Palacio, Ramos, Doll, Gálvez, Castellani, Rosa y tantos otros las tuvieron seguramente. Pero hay que comprender que ellos eran el emergente de una porción de la argentina menoscabada, olvidada. La ciencia histórica, aún considerando extracientífica la producción revisionista, no puede seguir ignorándola como lo ha hecho durante tanto tiempo. Ignorar o menoscabar la producción revisionista es un acto reprobable, porque, como he sostenido precedentemente, la historia es esencialmente proceso social y todo acontecimiento dentro de ese proceso debe ser abordado científicamente, mas aun cuando tales realizaciones (como el revisionismo) han nutrido y aún nutren los fenómenos políticos mas relevantes de nuestra historia reciente.

  • Francisco José Pestanha es abogado, ensayista y docente de la Universidad de Buenos Aires. Es además Secretario Académico de la Comisión Permanente de Homenaje a FORJA, y Presidente del Instituto de Estudios Estratégicos Malvinas, Patagonia e islas del Atlántico Sur.
  • * Ponencia publicada en la revista “Espacios” editada por la Secretaría de Extensión universitaria de la Facultad de Filosofía y letras. Universidad de Buenos Aires